Un idioma distinto en cada stand: los colectivos migrantes que dan voz al mundo en la Feria
Photo: Doncram, CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons
Hay un momento, poco después de la apertura, en el que los pasillos de la Feria de Asociaciones de Coslada cambian de sonido. Junto a las conversaciones habituales en castellano comienzan a escucharse saludos en otras lenguas: un «buenă ziua» rumano, un «salam» marroquí, un «добрий день» ucraniano. No se trata de un gesto simbólico, sino de la realidad de un municipio donde más de un cuarto de la población nació fuera de España y donde los colectivos migrantes llevan años organizándose en asociaciones con peso propio.
Un mapa del mundo en el recinto ferial
Quien recorre la zona reservada a las asociaciones de inmigrantes encuentra, en pocos metros, representadas comunidades procedentes de Europa del Este, Latinoamérica y el Magreb. Los colectivos rumanos suelen ser de los que antes llenan su stand: folletos en dos idiomas, información sobre empadronamiento y una oferta cultural que en las últimas ediciones ha incluido bailes tradicionales y talleres de cocina.
Las asociaciones ecuatorianas y latinoamericanas, muy asentadas en el tejido vecinal de Coslada, presentan un perfil algo distinto. Su labor cotidiana combina la ayuda a recién llegados —trámites, orientación laboral, acompañamiento— con actividades de encuentro para familias que llevan décadas en el municipio. En la Feria, su mesa se reconoce por las fotografías de festivales anteriores y por la música que suele acompañarlas.
El colectivo marroquí, por su parte, ha utilizado el recinto ferial para derribar malentendidos. Sus responsables insisten en un mensaje repetido: la asociación está abierta a cualquier vecino, no solo a quienes comparten origen. Y la comunidad ucraniana, crecida de forma notable en los últimos años, llega a la Feria con una energía particular, entre la nostalgia y el agradecimiento hacia un municipio que les acogió.
La bandera como declaración de intenciones
Cada stand lleva su bandera, y no es un detalle menor. En un país donde a veces se discute qué símbolos representan a todos, estas asociaciones han elegido exhibir los suyos sin complejos: la tricolor rumana junto a la senyera valenciana que alguien trajo de recuerdo, la bandera ecuatoriana colgada del telón, la roja con la estrella verde marroquí, el azul y amarillo ucraniano.
Los propios responsables lo explican sin rodeos. La bandera no separa: invita. Funciona como un punto de referencia visual para quien busca a los suyos en la Feria y, al mismo tiempo, como una puerta abierta para el vecino curioso que se detiene a preguntar qué significa cada color o cómo se dice «buenos días» en otra lengua.
Qué ofrecen realmente estos colectivos
Más allá del folclore, la oferta práctica de estas asociaciones es considerable y conviene conocerla antes de pasar de largo:
- Orientación y trámites: ayuda con el empadronamiento, la tarjeta sanitaria, la renovación de documentación o la búsqueda de empleo.
- Clases de idioma: español para recién llegados y, cada vez más, rumano, árabe o ucraniano para quienes quieren aprender por interés o por familia.
- Actividades para jóvenes: desde grupos de danza hasta apoyo escolar, con el objetivo de que la segunda generación encuentre su sitio.
- Solidaridad transnacional: campañas de recogida de alimentos, ropa o material escolar destinadas tanto a familias de Coslada como a comunidades de origen en dificultades.
El intercambio como objetivo declarado
Los organizadores de la Feria subrayan que la presencia de estos colectivos no es un añadido, sino parte del propósito central del evento: que el vecindario conozca el tejido asociativo completo de su municipio. Y los datos de ediciones anteriores respaldan esa voluntad. Las asociaciones de inmigrantes figuran entre las que más altas registran de personas interesadas en colaborar, muchas de ellas vecinos sin vínculo migratorio alguno que simplemente se acercaron a preguntar.
El momento más revelador suele llegar a media tarde, cuando los pasillos se llenan de familias. Niños de distintas procedencias comparten mesa de manualidades sin que a nadie le sorprenda; mayores conversan en un castellano imperfecto pero entusiasta; alguien enseña a escribir su nombre en cirílico a un grupo de adolescentes. Son escenas pequeñas, pero describen con precisión lo que la Feria pretende ser: un lugar donde la diversidad de Coslada no se explica, se vive.
Una cita para conocer al vecino de al lado
Para quienes aún no se hayan acercado a estos stands, la recomendación es sencilla: dedicarles tiempo. Preguntar por las actividades, apuntarse a una clase de idioma, ofrecerse como voluntario aunque solo sea para un evento puntual. Las asociaciones lo agradecen y, en la mayoría de los casos, responden con una sonrisa y un folleto en la mano.
Porque si algo demuestra la Feria de Asociaciones de Coslada edición tras edición es que no hacen falta grandes gestos para tejer comunidad. A veces basta con detenerse ante una bandera, saludar en un idioma que no es el propio y descubrir que al otro lado del mostrador hay un vecino con mucho que contar.