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Reportaje

Ni cuotas ni compromisos eternos: cómo Coslada intenta ganar al voluntariado joven

Feria de Asociaciones de Coslada

En los pasillos de la Feria de Asociaciones de Coslada se percibe una realidad que las entidades del municipio ya no pueden ignorar: la edad media de sus bases sube año tras año. Las juntas directivas se reúnen con sillas vacías y los socios de toda la vida arrastran los mismos carteles de siempre. Pero el diagnóstico no es tanto la falta de compromiso como un cambio de idioma. Los jóvenes no han dejado de implicarse; se han ido a implicarse a otro lado.

Menos carné, más causas

Las entrevistas con coordinadores de voluntariado del municipio coinciden en un punto: el modelo tradicional de asociación —cuota anual, reunión mensual, compromiso indefinido— choca con la realidad vital de quienes tienen entre dieciséis y treinta años. Estudios precarios, horarios cambiantes y una vida digital que consume buena parte del tiempo libre hacen difícil firmar para siempre.

«Antes entrabas en la asociación de tu barrio y ya estaba, aquello era tu ocio y tu vida social», explica un coordinador juvenil que lleva una década en entidades deportivas de Coslada. «Ahora mismo un chaval de veinte años tiene mil opciones de ocio y mil canales donde ya encuentra comunidad. Si quieres que pase por tu asociación, tienes que ofrecerle algo que no encuentre en el móvil».

El voluntariado que cabe en un domingo

La respuesta de muchas entidades pasa por rediseñar la escala del compromiso. Si antes se pedía un año entero, ahora se propone una tarde: una limpieza de un tramo del Parque de la Rambla, una recogida solidaria de alimentos, un taller puntual en el centro cívico. Es lo que algunos coordinadores llaman «voluntariado de bajo umbral»: acciones concretas, con principio y fin, que permiten probar sin sentir que se firma un contrato.

El resultado, señalan, es una pirámide invertida de la fidelización. De cada diez jóvenes que participan en una acción puntual, uno o dos se quedan. Son cifras modestas, pero sostenidas, y las entidades han aprendido a valorarlas: mejor un puñado de personas comprometidas de verdad que una lista de socios dormidos.

Instagram también es territorio asociativo

El segundo frente es la comunicación. Varias asociaciones culturales y sociales de Coslada han incorporado a jóvenes en tareas de contenido —fotografía, redes, vídeo corto— no como mano de obra barata, sino como puerta de entrada. Diseñar el cartel de la próxima actividad o montar un reel sobre la verbena del barrio es, para muchos, la primera forma de voluntariado que se atreven a reconocer como tal.

«Un chico que te monta el vídeo de la fiesta del barrio está haciendo voluntariado, aunque no lo llame así», apunta otra coordinadora. «Nuestro trabajo es llamarlo por su nombre y darle continuidad».

La Feria como escaparate del cambio

La Feria de Asociaciones de Coslada se ha convertido en el banco de pruebas de estas estrategias. Allí se ven stands con QR que llevan a formularios de participación flexible, talleres pensados expresamente para adolescentes y asociaciones que ya no piden «hacerse socio» sino «echar una mano cuando puedas».

Los datos de ediciones anteriores muestran un incremento notable de visitantes jóvenes, sobre todo cuando la programación incluye música, gastronomía internacional o actividades de participación directa. El reto, coinciden las entidades, es que ese contacto de un fin de semana no se diluya el lunes siguiente: que el stand tenga una continuación en la vida del municipio.

Un compromiso que se renegocia

Nadie en el sector se hace ilusiones: el voluntariado juvenil no volverá a parecerse al de hace treinta años. Pero las asociaciones de Coslada están demostrando que la alternativa a la nostalgia no es la resignación, sino la adaptación. Ofrecer experiencias que quepan en una vida apretada, hablar el idioma digital y reconocer formas de implicación que antes ni se contaban son las claves que empiezan a funcionar.

La barrera, al final, no era el compromiso de los jóvenes. Era la rigidez del formato. Y en Coslada, a juzgar por lo que se cuece entre stands y pasillos, ese formato ya está en revisión.

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