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Reportaje

Sesenta minutos de pulso vecinal: crónica de una hora cualquiera en la Feria

Feria de Asociaciones de Coslada
Sesenta minutos de pulso vecinal: crónica de una hora cualquiera en la Feria

Photo: Terri Sewell, Public domain, via Wikimedia Commons

Hay una manera de entender la Feria de Asociaciones de Coslada que no aparece en ningún programa impreso: quedarse quieto, mirar el reloj y dejar que el evento hable. Eso es lo que hemos hecho durante sesenta minutos exactos, siguiendo el ritmo real del recinto sin filtro ni montaje. Esta es la crónica de esa hora.

Minuto 0-10: el despertar del pabellón

La jornada comienza con un murmullo. Los voluntarios de la asociación anfitriona despliegan el último panel informativo mientras el responsable de un taller de cerámica comprueba que las arcillas están listas sobre las mesas de trabajo. En la entrada, una señora consulta el plano del recinto con una libreta en la mano; viene preparada, anota los stands que no quiere perderse.

El ambiente es de tarea colectiva más que de espectáculo. Se oye el crujido del celofán de los obsequios que un colectivo de mayores reparte, y alguien pide por megafonía que se respete el pasillo central. Aún no hay aglomeraciones, pero el termómetro del evento empieza a subir.

Minuto 10-25: los talleres toman la iniciativa

A las once en punto arranca el primer taller del día: un juego tradicional infantil organizado por una asociación de familias del municipio. En menos de cinco minutos, la mesa de actividades está rodeada de niños con las manos ocupadas y los padres con el móvil listo. Un monitor repite la misma instrucción con paciencia infinita: «Primero doblamos, después pegamos».

Al lado, una asociación deportiva ha traído material de exhibición. Un joven prueba un simulador de puntería mientras su abuela le hace fotos. Nadie le ha pedido que participe; simplemente ha visto a otros hacerlo y se ha sumado. Esa es la mecánica invisible de la Feria: la participación se contagia.

Minuto 25-40: la conversación que nadie planifica

En el stand de una entidad medioambiental se produce una de esas escenas que justifican todo el esfuerzo de organización. Una vecina de Coslada pregunta si conocen a alguien que pueda ayudar a un familiar recién llegado al municipio con problemas de movilidad. La respuesta llega en cadena: primero una asociación le da el contacto, después otra se ofrece a acompañarla personalmente.

«Para esto existimos», comenta uno de los voluntarios mientras anota un teléfono en una servilleta. En veinte minutos de escucha se han cruzado datos de transporte adaptado, talleres de castellano y grupos de senderismo. Ningún folleto recoge esa información con tanta precisión como la conversación espontánea entre vecinos.

Minuto 40-55: el ritmo no decae

La hora avanza y el recinto cambia de textura. Llegan grupos de jóvenes con las gorras de un colectivo juvenil que ha organizado una yincana entre stands. El ruido sube, las risas se solapan con la música suave de un grupo de coros locales que ensaya en la zona de escenario.

En una mesa redonda improvisada, dos presidentas de asociaciones distintas comparan calendarios y descubren que pueden colaborar en un proyecto conjunto para el otoño. La Feria funciona aquí como sala de juntas abierta: los acuerdos se esbozan sobre el mostrador de un stand, entre dos vasos de agua y la visita constante de curiosos.

Minuto 55-60: el retrato de un municipio

Cuando el cronómetro se detiene, el balance de una sola hora es revelador: un taller completado, tres inscripciones de nuevos socios, un acuerdo de colaboración iniciado y decenas de conversaciones que continuarán fuera del recinto.

La Feria de Asociaciones de Coslada no es, vista desde dentro, un evento: es el municipio funcionando a máxima intensidad durante un fin de semana. Cada minuto cuenta una historia pequeña que, sumada al resto, dibuja el verdadero mapa social de Coslada. Si alguien quiere entender qué mueve a este pueblo, no hay mejor método que dedicarle una hora —cronómetro en mano— a escucharlo.

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